domingo, 5 de abril de 2009

Nanas para Laura

Aún no habías nacido y yo pensaba como sería cantarte una nana-nanita para dormirte. Pensaba en letras y músicas. Te imaginaba una pequeña Heidi y yo un abuelo sin montaña.



Y te escribí 3 Nanas, tres sólo para ti, tres que nadie sino tú oirías.

La primera se llamó Nana del oro y esta es su letra, escuchala con la música de "a la nana, nanita, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco"

A la rrorro mi niña

Laurora Laura

Cierrame esos ojitos

Antes del alba.


Duérmete, mi tesoro

Duérmete y sueña

Que mece tu cunita

Un ángel de oro.


Querubines de plata,

Nubes topacio

No despierten a Laura

vuelen despacio.


Duérmete, mi tesoro,

Laurel y piña,

Mantecados del cielo

Traen a mi niña.


Mariposas del sueño

Lagartijitas

Cierren los bellos ojos

De mi Laurita.


Duérmete mi lucero,

Cantan a coro

Querubines de plata

Y un ángel de oro

domingo, 29 de marzo de 2009

Chévere Bolívar y sus amigas quieren ser escritoras


Esta noche Laura querida voy a contarte el cuento de una niña venezolana que conocí hace unos años: se llamaba Chévere Bolívar. Y eso, no vayas a creer, le traía muchas bromas de sus amigos ¿Por qué? Porque en Venezuela cuando una cosa es estupenda o te gusta mucho se dice: ¡Qué chévere! Eso debió ser lo que pensaron los padres de Chévere Bolívar cuando ella nació, que era muy chévere que llegara a sus vidas.

En el colegío sus amigos le preguntaban "¿Cómo estás Chévere?" y ella respondía "chévere!" y sus amigos se reían, pero no vayas a creer que se reían de ella. ¡no! se reían con ella. Eso es muy diferente y hay que saber distinguirlo en la vida.

Chévere tenía dos amigas, muuuuy amigas. Una se llamaba Sorlinda, la otra Yolia. Sorlinda tenía los ojos redondos y brillantes y miraba como un ratoncito expectante, Yolia tenía un largo cabello negro y ondulado. Las tres jugaban, hablaban y reían en la Plaza Miranda de su pueblo. La historia que voy a contarte la escuché cuando ellas estaban iniciando la campaña ¡Defendamos la naturaleza! Con su profesor Marco Antonio habían construido un hermoso espantapájaros para defender a los nísperos de la plaza de los pájaros y a los pájaros de los muchachos que les disparaban con sus escopetas de perdigones y a los muchachos cazadores de sus instintos depredadores.


El día que las escuché, estaban hablando de las cosas que les gustaban y las cosas que sabían que les iban a gustar. Las niñas y las mujeres tenéis ese poder, ya sabéis lo que os va a gustar cuando llegue la hora que os guste ¿Que no me entiendes? Bueno, ya me entenderás cuando seas un poco mayor. Y como eran tan parecidas, las tres querían ser escritoras cuando fueran mayores.

Por eso Chévere le había pedido a su abuelo que le regalara un libro de secretos para el día de su cumpleaños
- ¿Qué es un libro de secretos? -le preguntó el abuelo
- Pues un libro donde vengan secretos que no sepa nadie -le respondió ella como diciendo, abuelo vaya pregunta mas tonta, si los secretos los sabe alguien ya no son secretos.

El abuelo averiguó y así supo que se trataba de un diario de vida, de esos que tienen llave y candado y donde escribimos los secretos del alma, nuestros sentimientos mas preciados, lo que sólo confesaríamos a una o dos personas, nuestro mundo interior.

Me he ido del cuento, sí, sí, vuelvo a la historia: las tres querían ser escritoras, pero tenían razones distintas:

- Yo escribiré cuentos y novelas para que otros niños puedan viajar a lugares de fantasía. Pensaré en ellos y les regalaré historias que saldrán de mi cabeza para que se diviertan y sientan misterio y vuelen con el pensamiento - dijo Sorlinda.


- Yo voy a escribir poesía, versos con rima, canciones muy sentimentales para que la gente las recite y las repita y todo tenga ritmo al hablar, como si fuera un baile. Y también escribiré historietas con dibujos pero los diálogos en vez de salir de una burbuja, saldrán de un corazón -dijo Yolia y las tres se rieron imaginando burbujas con forma de corazón.
- Yo escribiré para cambiar Venezuela, para cambiar el mundo -dijo muy convencida Chévere
- ¿Cóoomo? -dijeron al unísono sus amigas -¿Cómo vas a cambiar el muno escribiendo?
- Bueno no lo sé aún, pero lo descubriré. Yo lo que sé es que quiero cambiar al mundo para que todos seamos más felices.

Y tras ello las niñas siguieron en sus juegos, saltaron a la comba, se subieron a un tobogán, peinaron al perro Pluto II que dormía su peluda siesta en la plaza, hasta que se fue haciendo tarde y regresaron a su casa por el camino junto al mar, el de las farolas de tres brazos como tres lunas llenas.

En la noche cuando la madre de Chévere se sentó junto a ella para leerle el cuento de despedida del día, Chévere le preguntó

- Mamí ¿Cómo se puede cambiar al mundo escribiendo? Eso debe ser difícil, ¿Verdad?
- No creas, al mundo siempre lo ha cambiado el pensamiento y los libros y las conversaciones...
- ¿Si? Me das una alegría -le dijo Chévere y le contó la conversación con sus amigas.
- Por ejemplo -siguió su mami -imagínate que escribes este cuento -y empezó a contarle:


"Jacinto caminaba por la calle y en el portal vio a una mujer llorando - ¿Por qué llora, señora? -le preguntó - Por nada que tú puedas ayudarme. - Usted no sabe señora, yo puedo ir a donde necesita, tengo piernas ágiles, puedo pedir ayuda, tengo voz y palabras, puedo quedarme con usted y estar callado a su lado, tengo sentimientos, puedo prestarle una manta, un libro, traerle un bocadillo, he aprendido a compartir... La mujer levantó la cabeza, lo miró y sonrió.
- Entonces, quédate conmigo y dame la mano -le dijo la mujer.
Jacinto sintió que el corazón se le hacía grande. La mujer sintió el suyo acompañado. Por detrás del araguaney de hojas amarillas empezó a salir la luna"


- ¿Por qué dirías tú que ese cuento podría contribuir a cambiar el mundo Cheverita? -pregunto la mami.
- Porque...porque...porque nos haría mas amables con las personas, porque habla de amor, porque nos hace pensar que podríamos hacer las cosas de otra forma -dijo Chévere con visible emoción
- Asi es cariño, asi es. Puedes ser una escritora que cambie el mundo. ¡Y ahora a dormir, que mañana hay colegio!
- Mamí...
- ¿Qué?
- Tú si que eres chévere.

domingo, 15 de marzo de 2009

Lauraé y el pudú sabio

No puedo decir mi nombre. Es una antigua regla de quienes somos espíritus. Es decir de quienes ya no habitamos en el mundo de los vivos. Han de transcurrir 500 años muertos para poder revelar la identidad. Yo aún no los cumplo.


¿Qué es lo que sí puedo decir, entonces?

Que habito en la isla Grande de Chiloé, que supongo todos saben que está al Sur de Chile.

Que llegué aquí por primera vez en 1.558 en la expedición de Juan Fernández Ladrillero ¡Qué tiempos aquellos!

Que ya siendo ánima o espíritu gravitante gané el concurso de espíritus protectores en su categoría de “vigilante de la guarda A” y me asignaron el archipiélago de Chiloé.

Que aquí paso los días recordando aquel momento en que llegamos y pusimos a esta tierra el nombre de “Nueva Galicia” porque nos recordaba a esa tierra mágica que es Galicia con sus bellos bosques, sus costas, sus ríos…y además de pensar y pensar, observo a una tataratataratataranieta que el destino me dio en estas tierras. Ella se llama Laura Violeta Velquén que en Huilliche significa “ser fresco”, pero también “lagartija de mar”.


Mi tarea principal como espíritu protector es escribir cuentos, porque en estos tiempos de prisa, las madres ya no saben inventarse cuentos, ni casi los abuelos y las abuelas. Así es que yo los escribo y cuando encuentro a alguno de estos seres modernos haciéndose el interesante porque van a contar un cuento a una niña o un niño les soplo en el oído alguna historia que tenga alguna gracia y un poco de cultura y algún valor a seguir y algo de fantasía, en fin, ustedes saben, los ingredientes que debe llevar un cuento.


Les confesaré, sin embargo, que este cuento que les cuento es el que menos me ha costado escribir ¿Por qué? Porque es la copia fiel de una conversación que tuvo mi tataratataratataranieta Laurita Velquén con su pudú, el día antes de cumplir 6 años. Ella, no el pudú.


¿Qué es un pudú? ¡Por la bendita energía protectora! ¿Cómo no saben? Es un venadito, un cervatillo que nunca crece. Mírenlo en este dibujo.


El pudú de Laurita también está bajo mi protección. Se llama Venjamín, no Benjamín, sino Venjamín, que significa el “pequeño sabio”.


Ya no me enrollo más. Esto es lo que oí:

- Hoy he decidido que todos los nombres de las cosas deberían terminar en “é” –dijo de pronto Venjamín

- ¡Vaya tontería! ¿Y por qué? –le increpó Laurita

- Pues porque así todo lo que hablásemos parecería verso. Tendría un sonido permanente. Ayudaría a dormir mejor

- Uhmmm, no sé. ¿Te gustaría llamarte Venjaminé?

- No me importaría… la verdad. Ni ser un pudué. Y sería bonito llamarte Lauraé.

- No me convences –dijo Laurita poniéndose una mano en la cadera como su abuela - ¿Por qué en é?

-Como nuestra tierra: Chiloé. Todos somos hijos de la tierra. Ella nos da sustento, cobijo paz

-Según esa teoría si hubiésemos nacido en…por ejemplo…en Madrid. Todos los nombres deberían terminar en “d” y ya me dirás tú como sería llamarse Venjamind. Terminarían llamándote Venjamaind o Venjaminz.

-Pero es que nosotros somos de Chiloé ¿Por qué preocuparse de lo ajeno? Además en Madrid no hay pudúes. Deberías saberlo.

-Deberías…deberías ¡Ay, cómo estás hoy de mandoncito! Mira, mi pequeño pudú, yo a veces no sé de donde soy. Podría ser de cualquier parte, del mar, de las montañas.

-Pero eres de Chiloé. Ya te darás cuenta. Los seres vivos somos de alguna parte. Venimos a hacer algo en algún sitio. No es casualidad.

-¿Y no podemos ser del lugar que queremos ser? –preguntó Laura Violeta


Por un momento el pudú Venjamín se quedó pensando. La pregunta de su amiga era buena. Miró hacia las aves que sobrevolaban el acantilado y luego clavó sus ojos redondos y buenos en los bellos ojos de Laurita Velquén


- Sí, eso también es cierto, pero ¿No crees que cada uno de nosotros quiere ser de los lugares que ama? ¿Acaso no amas tú esta tierra, tu casa, tu familia, este olor que hay por las mañanas? Un día escuché en la radio de tu madre una canción que decía: Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida.

-¿Y qué pasaría Venja si yo amase más de un sitio?

- Que deberías…perdón borra el deberías…que serías de varios sitios. Necesitarías un corazón más grande, más serenidad para que en ese corazón todos viviesen juntos.


- Entonces es posible que yo llegue a ser Laura Corazón Grande

- Es bonito. Ahora bien para amar las cosas hay que conocerlas. Sólo amamos lo que conocemos, aunque tengamos fantasías por lo desconocido ¿Sabes por qué nuestra isla se llama Chiloé?

- No, supongo que porque sí

- Pues, no señorita, las cosas tienen sus orígenes y es importante buscarlos, conocerlos.

- Bueno, sabiondo, cuéntame. Ya se que quieres demostrarme que sabes mucho.

- Me llaman “pequeño sabio”.

- ¿Y qué? Yo soy lista, que a la larga puede ser más interesante y menos latero. Pero estoy dispuesta a que me cuentes. Dime

- La isla se llamaba chillwe en el idioma mapudungun y cuando llegaron los españoles empezaron a llamarle chilhué, porque eran bastante duros de oído y de ahí fue convirtiéndose de generación en generación en Chiloé. ¡Eso es! –exclamó satisfecho el pudú.

- ¡Pues vaya rollo! No me aclaras nada ¿Qué significa chillwe o chilhué?

- En el idioma de los mapuches significa “lugar de chelles”

- ¿Y que son los chelles? ¡Ay Venjamín, hijo, que difícil que hablas!

- Los chelles son los gaviotines. Mira ese que vuela sobre la roca grande. El de la cabeza negra.

- ¡Aaaahh! Entonces la isla se llamaba así porque estaba llena de gaviotines.

- Sí y también había muchos zorros chilotes y lobos marinos y toninas y esos caballos que se llaman mampatos y estaban tambien mis tatarabuelos pudúes.

- ¡Cuánto sabes Venja! Te lo digo en serio. Eres un poco pedante pero da gusto estar contigo.


Venjamín se sonrojó cuando Laura Violeta le dijo esto y acercó su mejilla a su cabeza


- Y puedo contarte la historia de la Pincoya, la Princesa de los Mares de la Isla Grande de Chiloé ¿La sabes?.

- No, Venja, pero es que tengo que ir a mi casa a hacer los deberes del cole. Es muy importante hacer los deberes y tengo que colorear este dibujo. ¿Me lo cuentas esta semana cuando volvamos a vernos?

- Bueno, sí. Hacer los deberes es muy importante para saber mucho de mayor ¿Puedo pedirte una cosa antes que te vayas?

- ¡Claro Venja! Para eso eres mi amigo

- Déjame llamarte por unos días Lauraé

- Bueeeeno

-Y mira te he compuesto estos versos para tu cumpleaños:


Al despertarme pienso en Lauraé

Durante el día espero a Lauraé

Ya por la tarde me encuentro a Lauraé

Llega la noche y sueño en Lauraé

¡Que suerte tengo que existas, Lauraé!

6 años cumples, ¡500 te esperé!

Seré por siempre tu amigo el pudué.

¡Que cumplas muchos, princesa de la “é”!


Laura Violeta Velquén se abrazó a su cervatillo y se fue corriendo para contarle a su mamá, aunque sin darse cuenta al pensar en ella musitó "mamaé"

sábado, 7 de marzo de 2009

Aranchita Soriano y las estrellas

Aranchita tenía los ojos grandes, la mirada suave y reidora. Digo esto porque de lo contrario será difícil entender de quien hablamos. Aranchita Soriano nació en Madrid, la capital de un antiguo reino que se llama España. Sus padres no eran los reyes, ni siquiera nobles de la corte, pero eso no evitó que ella fuera princesa y que con el tiempo fuera madre de otra princesa. Los cuentos no siguen la lógica de las genealogías. ¡Vaya palabra: genealogía!

¿Qué significa? Algo así como la raíz de los genes, es decir: los orígenes de las personas, como las raíces explican el origen de los árboles, llegan a la semilla primera, a ese punto diminuto desde el que la vida surge. Te estarás preguntando cuál es tu raíz, cuál tu semilla. Por supuesto, tú querida lectora vienes de tu madre y de tu padre, vienes de un abrazo muy hermoso, y ellos de sus padres y ellos de sus padres y así como un collar de cuentas hasta un momento en que seguramente hay una estrella que con su luz trajo otras estrellas al firmamento.


Y cuento esto porque Aranchita Soriano siempre fue sabia detrás de su sonrisa, pero por alguna razón que nunca entenderemos ella no se consideraba sabia, no sabía (mira que juego de palabras sabia y sabía, sólo las diferencia un acento pero son tan distintas….) no sabía que tenía el don de conocer la esencia de las cosas. Como el principito, era capaz de ver lo invisible.

Cerraba sus ojos grandes como ensimismada, respiraba hondo, se quedaba quieta y reconocía lo invisible. Le gustaban los parques y las flores. Las olía, acariciaba sus pétalos de colores mientras iba creciendo y creciendo para hacerse una mujer.

Un día iba de la mano con su padre y su madre por un jardín de Madrid y él le preguntó:

- ¿Has pensado que vas a ser de mayor?
- Bueno…si –dijo ella, entrecortada
- ¿Y que vas a ser? –volvió a preguntarle su papá
- Es que… -Aranchita se demoraba como si no quisiera decirlo
- ¿Enfermera, médica, abogada de los pobres, nadadora, bombera? –le fue preguntado el padre, lleno de curiosidad.
- No, quiero ser miradora de estrellas –dijo al fin Aranchita
- ¿Miradora de estrellas? –preguntó sorprendido su padre – ¿Y en que consiste eso?
- Pues en estar atenta cuando desamanece por las tardes, cuando el sol deja su color y el cielo se pone moradito y tras eso aparecen las luces de las estrellas y parpadean como un telégrafo del firmamento y nos envían señales para que entendamos.
- Claro –dijo su madre, Sarabel la bella – Ella va a ser traductora de señales del cielo, nos va a ir traduciendo lo que nos dicen del universo, para que nosotros sepamos.


Aranchita Soriano sonrió al ver que su madre entendía y volvió a sus juegos, al camino, las piedras, las flores, las fuentes, el agua, las golondrinas, a su mundo de pájaros y brillos.

El padre se quedó pensativo y le dio vueltas y vueltas a aquella frase. Años, se pasó dándole vueltas. Hasta que mucho mas tarde entendió que su hija le quiso decir que iba ser observadora del milagro diario de las luces, para así entender la realidad de las sombras.

Pero si volvemos a aquel día, debo decirte, niña que me lees, que el padre de Aranchita le leyó por la noche un cuento como solía hacer y ella se fue durmiendo hasta quedarse con esa sonrisa que se dibuja en la cara en el instante de llegar a un sueño plácido.

Entonces él se acercó a su mejilla y la besó y en ese momento brillaron dos estrellas en los ojos de la niña que decían “te quiero” y también en ese momento brillaron dos estrellas en los ojos de su padre que repetía muy bajito: miradora de estrellas, ¡Qué bonita profesión!, mi niña miradora de estrellas…

viernes, 27 de febrero de 2009

Laurita Lectora y las sirenas cantoras



En todos los lugares existen seres extraordinarios. No importa lo difícil que sea vivir cada día, esos seres: mujeres o niñas, hombres o niños se distinguen por su LUZ. Tú los miras a los ojos y al fondo se ve esa luz, esa alegría, ese brillo que tienen las personas especiales.

Así era Laurita Apaza, una pequeña y linda india aymara, que vivía en la frontera entre Chile y Perú. Su familia era muy humilde. La madre de Laurita trabajaba mucho, de sol a sol, para poder mantenerla a ella y sus hermanas. Y ellas iban a la escuela por la mañana y en la tarde corrían por los campos delante de su achachik. (¡Ah! Es posible que no sepas lo que significa “Achachik” ¡Que tonto! No me daba cuenta que es una palabra aymara que las niñas españolas no tienen por qué conocer).


Pues sí los aymaras llaman a los abuelos: achachik. El de Laura Apaza y sus hermanas era un hombre soñador, algo loco, algo despistado, siempre dispuesto a la caricia, siempre con un libro bajo el brazo. Jugaban y jugaban y al terminar se sentaban en un ribazo del camino y su achachik les leía de su viejo libro, forrado con un papel de periódico que ya no se podía leer. Les leía y les leía.


En ese libro nuestra amiga Laurita Apaza conoció historias de magos y caballeros andantes (caballeros a caballo, como corresponde), de dragones y países remotos, de osos blancos y palomas negras. Laurita siempre recuerda aquella tarde que les leyó “Las noches blancas” y ella se emocionó al pensar en la pobre Nastenka cruzando sobre el puente helado del río Neva su desdicha de amor. Se dio cuenta entonces que los libros son un tesoro, que dentro hay vida, personajes, risas y lágrimas.


Se dio cuenta que dentro viven historias y hay territorios en los que las cosas son posibles y le entró la prisa por saber leer, para poder conocer todas aquellas historias y contarlas a su hermana Wara, la pequeña Wara.


¡Vaya otra vez se me olvida que no saben lo que significan las palabras de este idioma! Es fácil: Wara significa “Lucero”. Ya hablaremos otro día de ella. Lo que quiero contarles es que Laurita mientras acariciaba el papel de periódico desgastado del forro del libro de su achachik, decidió que quería ser “lectora”.


¿Será esa una profesión: ser lectora? Amaneció con esa idea en la cabeza. Se lo preguntó a su madre:

- Mamá ¿Se puede ser lectora en la vida?

- Claro, hija, las personas más importantes son lectoras. Leer no sólo es una profesión, es una actitud en la vida. Cuando lees te apropias del mundo, vives otras vidas, conoces mucha, mucha gente ¿Por qué me lo preguntas?

- Es que quiero ser lectora.


La mamá de Laurita Apaza sonrió muy contenta y antes de ir a trabajar le dijo a su padre si podría regalarle a la inquieta niña su libro de “La isla del Tesoro”. Ese que tenía las letras grandes y los dibujos coloreados en pastel. El abuelo que adoraba a Laurita le dijo que sí, ¡Cómo no! ¡Sí, si si!



Así pasó el tiempo y Laura, ya una joven muy bella leía y leía, se sentaba con los niños de las plazas a leerles, iba a los sanatorios a leer a los enfermos, leía en el mercado a los hijos de las señoras que iban a comprar, leía el sermón de la iglesia, leía por las noches a su pequeña hermana Wara y así hasta que se hizo locutora y leía en la radio “Platero y yo”, “La Iliada”, “La odisea”, los cuentos de los Hermanos Grimm, la historia de Miguel Strogoff, del Conde de Montecristo, del Señor de los Anillos, los libros de Harry Potter. Llegó a ganar el premio de “Las mil y una noches” de lectura sin descanso.


Cada día era mas feliz y en las noches soñaba con sus libros, aparecía en sus sueños al hermoso Ulises navegando entre la tempestad frente a la isla de las sirenas. Y las sirenas muy hermosas tenían el rostro de sus hermanas. Una se llamaba “Waraqucha” (que en aymara significa “Lucero del mar”) otra “Warayana” que significa “la estrella que viene de lejos”. Y en sus sueños esas sirenas no eran malas y arpías, sino alegres y bondadosas criaturas que ayudaban a Ulises a descansar para llegar con mas fuerza a reencontrarse con su familia.


Un día cuando ya era mayor y su madre tenía canas blancas y su achachik ya estaba viejo, viejo. Llegó a la casa Laura Apaza, trayendo de la mano a su propia hija Lauralia Achanqará y les pidió que se sentaran y fue a la cocina y preparó café y sacó del bolso unos pasteles riquísimos y todos se sentaron. Entonces sacó un libro y se lo dio a la pequeña Lauralia que empezó a leer despacio y claro: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.”


Y la sala de estar resplandeció de alegres lágrimas y todos se miraron comprendiendo que aquello era el amor y agradecieron a la vida que Laurita Apaza hubiese querido ser lectora, mientras la pequeña Lauralia seguía:

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...”


Mientras esto ocurría Laura Apaza regresaba en su imaginación a ser Laurita y escuchaba a las sirenas cantoras diciéndole al oído: ¡lee, lee, traspasa los muros, deja que tu imaginación llegue a todos los mundos, que todas las vidas pasen por tu vida! y no pudo evitar que su risa fresca interrumpiera la lectura: ¡jajajajajjjjjjjjaaaaaa!

martes, 17 de febrero de 2009

Laura Ureña, Artesanita

Laura Ureña es dominicana, ya ha cumplido los seis años y habla y habla como una cotorra sin freno, le gusta el color del cielo de las mañanas, las flores del camino a su colegio, las faldas de la señorita Azucena Trujillo, la diadema que le regaló su tía Amanda “la jabaíta”, le gusta vivir, eso le pasa. Le gusta sentir que su cuerpo crece y su mente se llena de ideas y palabras y ¿Qué va a hacer sino hablar?

Habla en los recreos con un amiguito que se llama Johnny Alberto. Le llaman el “Yonico”, tiene siete años y es de alto como ella. Mas serio que un ajo, porque quiere ser piloto de guerra. Laurita trata de convencerle de que no, de que la guerra es mala, de que al revés debería ser piloto de paz.

Cuando no lo convence le dice “pero bueno, chico, por lo menos ríete”. Yonico se sonríe, a eso alcanza, pero la risa no está en su semblante, sin embargo nuestra Laurita es una reidora, porque sí, porque existen las calles y las casas, porque su mamá la aprieta contra su pecho, porque sí, porque tiene abuelos y primos y amigos y la vida entera por delante.

Hoy la “seño” les preguntó en la clase que escribieran en un cuaderno lo que querían ser de mayor y al lado hicieran un dibujo.

- ¿Qué quiero ser yo, si quiero ser tantas cosas? ¡Ay madre que compromiso! ¡Ay Yemayá! ¿Qué pongo? –se dice en alto a si misma

Lo que mas le gusta es pintar y hacer figuras de barro y castillos en la arena de la playa de Samana y sortijas y collares con los tallos de las flores. Y se imagina vendiendo en las ferias sus obras y que la invitan a otros países para hacer exposiciones.


Suelta la imaginación y se ve en una escuela de un pueblo bello, muy bello, con playa y montaña, con plaza y mercado, enseñando a otros niños a pintar y esculpir. Se ve ya mayor y bonita, con un moño y una falda tornasol como la de la señorita Azucena Trujillo.


Quiere ser artista artesana, quiere crear cosas para embellecer las calles y las casas, quiere que sus obras rían y hagan pensar en la esperanza

- No en la guerra, chico –le dice a Yonico

Bueno ahora tengo que hacer la tarea, piensa y escribe en su cuaderno:

Quiero ser artesanita

Y dibuja una plaza con casas azules y amarillas, con balcones con tiestos de flores moradas y en el centro de la plaza una mesa y sobre la mesa un collar, un jarrón, un torito con cuernos, una caracola pintada de arco iris. Detrás de la mesa una niña con trenzas negras y ojos grandes, grandes y una sonrisa abierta. Detrás un toldo rojo y blanco que dice en el centro “Taller de Laura artesana. Arte que sana.”


Pasa por su mesa la señorita Azucena y se queda mirando su trabajo. La mira con orgullo de maestra. Laurita siente el calor de esa mirada y percibe que Yonico las mira también desde su dibujo del cazabombardero gris. Y quiere llegar pronto a casa para contarlo. “Mamá, mamá quiero ser artesana” “Abuela, abuelo, quiero ser artesanita”.

Camina rápido por la calle del Puertoprieto cuando la alcanza Yonico


- ¿Sabes lo que he escrito que quiero ser? –le pregunta su amigo
- ¡Pues claro niño! Lo de siempre pi-lo-to de gue-rra. ¡Uhmmm!
- Nooo, te equivocas. Quiero ser piloto de la Cruz Roja ¿No viste la cruz en la cola de mi avión?
- Eso es mucho demasiado –ríe Laura Ureña y sin saber por qué le da las gracias

Este es el cuento de hoy, Laura mía. ¿Qué serás tú? ¿Qué pasará por tu cabeza linda? Todo vendrá como la primavera. Te envío macadaimas y frutas de la pasión desde esta isla dominicana. Y sobre todo te mando las ganas de verte.

domingo, 8 de febrero de 2009

Laurita Cienfuegos, inventora de los caramelos revolucionarios


Tiene 7 años, es mulata ¿Qué significa mulata? Hija de negro y blanca o de negra y blanco: uno de cada color, café con leche. ¡Qué divertido!

Además ¿Quién no tiene un padre de cada color? Religioso y ateo, conservador y progresista, chileno y española, presente y ausente, alto y bajo, gordo y delgado. Mulatos somos casi todos.

¡Ay que me estoy perdiendo! Decía que tiene 7 años, se llama Laurita Cienfuegos, nació en Pinar del Río, cerca de La Habana, donde vive, vuelve del colegio con su uniforme de color burdeos. Atraviesa la plaza de la Catedral deprisa.

Tiene una idea en la cabeza. Ya sabe lo que quiere ser cuando sea mayor. Tiene una visión, es decir se ve a sí misma de mayor haciendo algo que la entusiasma. ¿Tienes tú, querida lectora mía, alguna visión de ti misma cuando seas mayor?


Cierra los ojos y piensa. Imaginate con la edad de tu mamá ¿Qué quisieras estar haciendo? ¿Dónde estás?

¿Lo conseguiste? Eso es una visión y las visiones nos mueven, nos hacen pasar deprisa las plazas de La Habana para conseguirlas.

Pues sí Laurita Cienfuegos, es una niña muy lista, que sabe ya lo que quiere ser de mayor, que ha decidido serlo y que cruza por delante del Restaurante El Patio y busca el puesto de la señora Inés que vende azúcar refinada ¿Por qué quiere comprar azúcar? Te lo diré: para hacer caramelos de distintos colores.

Laurita, mi querida niña lectora, quiere ser inventora. Había pensado ser médica para ayudar a los niños que se enferman en las selvas de Africa y a sus padres y a sus abuelos, pero hay muchos de sus amigos que quieren serlo y ella quiere ser especial.

Además se ha dado cuenta que aquí en Cuba hay mucho que hacer ¿Para qué irse a África? Su primer invento va a ser fantástico: unos caramelos de un sabor muy dulce y de distintos colores y sabores, que tienen que coincidir.

Me explico: los de color azul deben saber a azul, los de color rojo a sabor rojo. Pero lo que tendrán de nuevo es que al deshacerse en la boca dejarán una suave sensación de compromiso, dejarán unas ganas tremendas de ayudar a los otros, despertarán la necesidad de estudiar y ser mejor.

Esos caramelos habrá que llevarlos siempre en los bolsillos para comerlos cuando nos llegue la pereza o el mal humor o las ganas de hacer diabluras o la tristeza de algunas tardes.

Serán los caramelos revolucionarios de Laura, se llamarán “ciendulces” “cienluces” “cienrisas” “ciensueños” “cienbesos”. Y todo porque ha comprendido que quiere ser una nueva revolucionaria de un mundo que necesita ser mas dulce.

Pasa así corriendo por la plaza Laurita Cienfuegos que quiere ser cuando mayor inventora de una nueva dulzura. Esa escena breve, esa luz mágica de La Habana vieja, esa expresión del rostro de esta niña es lo que quiero que imagines antes de dormir.

Duerme entonces, mi tesoro, sueña y duerme.